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L A PALABRA COMO MEDICINA O COMO TÓXICO

Dalam dokumen ORIGEN DE LAS ENFERMEDADES RARAS (Halaman 107-111)

En el momento actual el autor de este libro sigue siendo un doctor nadie, un simple médico de pueblo, y desde luego que no le importa ser un auténtico doctor nadie para la actual clase médica[35]; además, ese nombre y condición de nadie quizá sea una ventaja que facilite su intención y su empeño de decir la verdad, puesto que, al fin y al cabo, como no es nadie no puede decir “nada” que pueda importunar a nadie; como no es de nadie, ninguna entidad u organismo oficial tiene posibilidad alguna de reprocharle nada; como no trabaja con nadie ni para nadie, en consecuencia, nadie le puede cesar o despedir y, por todo ello, no está en contra ni a favor de nadie, ni le debe lealtad a nadie, ni le despierta interés nada que no sea la verdad en cualquiera de sus grados; eso sí, como sólo le motiva y le atrae la verdad, desea serle fiel, y más ahora que se acerca al final de su largo camino de médico y, por ello, ya tiene poco que perder; a estas alturas, la mentira le aburre y ya ha aprendido a aceptar su derrota continua y, como se ha acostumbrado a ella, piensa que está bien… Todo está predicho y las cosas tienen que ser como tienen que ser… y para este viejo médico el aceptar la realidad y el soportarla ha sido un ejercicio de humildad y de resignación que le ha hecho consciente de que, como se cita en el Evangelio: “es necesario que el escándalo ocurra…” y que, como anuncia la tradición hindú, vivimos una época oscura y decadente donde la mentira y el engaño son norma y, por eso, ya nada puede despertar el interés de este médico amante de la verdad; pero esa desolación que le ha tocado vivir no ha mermado su creencia y su fe en que la verdad existe detrás de tanta mentira; por eso, ya nada le interesa ni le motiva sino la verdad… desde la verdad contingente y científica que intenta explicar en este ensayo hasta la más amada y adorada por este médico de pueblo… la Verdad con mayúscula, la eterna, la absoluta… Dios.

Ahora ya soy un viejo médico que he sobrevivido, gracias a la Providencia, a mi encuentro con la bestia, la conozco bien y ya no le temo, también sé cierto que no estoy loco y siendo un doctor nadie puedo permitirme el lujo de decir la verdad y, con ella, seguir ejerciendo de médico; además, no me han retirado el título de doctor y este nombre que tiene etimología latina y deriva del verbo docere (enseñar) y significa “el que enseña”; por este título de doctor, que no me han retirado, creo que es mi deber, como doctor y médico, enseñar sobre temas de salud a quien pueda y quiera oír y esté dispuesto a entender y, por ello, a liberarse de la iatrogenia química y mental generalizada con ayuda del sentido

común, la lógica y la información veraz; sé que no puedo vencer a la bestia y que de una manera u otra este libro será censurado y eliminado tarde o temprano pero, mientras tanto, alguien lo leerá o alguien contará a alguien lo que haya leído y comprendido, y quizá alguien también comprenda el mensaje de salud que hay escrito en él y lo aplique a su realidad y, con ello, salve o mejore la calidad de su vida y la de sus hijos; si esto ocurre, aunque sea en una sola ocasión, habré cumplido con mi viejo oficio de médico comunicando la verdad que cura y, al final de mi odisea personal cargada de derrota permanente, mi alma de pecador llevará un poco de verdad y de bondad en sus alas y, con ellas, mi alma viajera quizá pueda volar en busca de la Ítaca eterna o reino de la luz y de la vida, el lugar de la verdad y la bondad que nunca acaban.

Vamos a hablar ahora de la palabra que mata, es decir, de la mentira, y para ello vamos a narrar al lector cómo y cuando nació en Occidente la medicina industrial y vamos a explicar que esta actividad humana a la que llamamos medicina moderna es mentira que sea eso, medicina; y de lo que se trata, en realidad, es de un gran fraude de carácter económico e industrial que ha usurpado el lugar de ese antiguo arte al que se le conoció durante miles de años como medicina y que utilizaba la verdad y la palabra para curar, que es lo contrario de lo que hace la medicina industrial, que, como vamos a explicar, hace décadas que utiliza la mentira que mata para hacer negocio.

El origen o nacimiento de la medicina de la bestia o medicina industrial hay que datarlo, como ya hemos dicho, a mediados del siglo XIX, cuando, ante el formidable empuje de la civilización ilustrada, el progreso industrial y los nuevos hitos de la Europa imperial del siglo XIX, los principios y valores espirituales y morales en los que había creído el hombre preindustrial dejaron de tener importancia primero y desaparecieron del mapa intelectual después. Desde entonces y definitivamente el dinero es, por pura lógica, la máxima aspiración humana en la sociedad de la bestia, es decir, en una cultura o civilización sin Dios donde el hombre ya no cree que nadie pueda juzgar su conducta después de la muerte y carece de moralidad, en una sociedad donde el dinero y el consumo que permite es la mayor aspiración para el hombre que no cree en otra cosa ni ve otra cosa más allá de las muchas necesidades animales o fisiológicas que tiene necesidad de satisfacer, donde el dinero es la cosa de más valor para un hombre que está convencido de que lo único real es lo que puede vivir y disfrutar aquí y ahora y que tampoco siente ningún respeto ni veneración por la naturaleza; en realidad, en una sociedad como esta y a un hombre así… sin otros valores mas

allá de los materiales, animales y fisiológicos… ¿le puede interesar algo que no sea el dinero y el consumo?… Lógicamente… No.

Cuando quedó claro que en la descreída, materialista y existencialista civilización de la bestia lo más importante era el dinero, fue entonces cuando la medicina occidental adoptó una mentalidad mercantil e industrial que no había tenido nunca y se propuso, por primera vez en la historia de la medicina, la posibilidad de poder vender a gran escala, en cantidades industriales y como un producto de consumo más… nada más y nada menos… que la mítica y legendaria inmunidad; sí, sí… la inmunidad… ese estado de ser propio de semidioses y héroes y narrado en leyendas y mitos que hace del personaje que la posee un ser invulnerable a los peligros, inmortal al lado de mortales, inaccesible al dolor y la muerte y, por tanto, un ser que no teme a nada ni a nadie. La inmunidad es una aspiración mítica que todo humano ha soñado poseer, es una quimera que todo el mundo quisiera comprar para vencer al miedo existencial a la debilidad, al dolor y a la muerte que todos tenemos, es un mito que se cuenta que poseen todos los héroes del pasado y los actuales: Aquiles, Sigfrido, Superman… Pues bien, queriendo sacar partido o hacer negocio con ese deseo mítico que todos los humanos compartimos… la medicina del siglo diecinueve se propuso, por primera vez en la historia de la medicina, fabricar y vender cantidades industriales de elixires capaces de otorgar al humano mortal… la mismísima inmunidad. Por supuesto que es una mentira ofrecer realmente algún tipo de inmunidad, pero a la nueva medicina industrial no le importaba mentir si con ello lograba hacer negocio y vender una supuesta inmunidad de

“mentirijillas” y en cantidades industriales.

Para vender inmunidad industrial, que es el antídoto por excelencia contra el miedo, era indispensable crear primero una gran cantidad, precisamente, de este sentimiento de miedo entre los ciudadanos. Se le encargó a la prensa industrial, que es otra importante “cabeza” de la bestia, la creación de una gran mentira que fuese capaz de crear una enorme y continuada sensación de miedo entre la población. La prensa de la bestia vio rápidamente que el reciente

“descubrimiento” de los microbios, logrado por la tecnología del siglo diecinueve, era lo que se necesitaba para dar forma a una amenaza inédita y desconocida; pensó que presentar a los microbios, recién descubiertos, como asesinos potenciales de niños y mayores… era la mentira perfecta para crear miedo a escala mundial y, como consecuencia, poder vender inmunidad a niveles industriales.

No había tiempo que perder y la C.C.I. y la prensa de la bestia, estas dos cabezas de bestia, diseñaron el plan y empezaron a darle forma y realidad práctica a esa paranoia a los microbios con su gran poder mediático y académico y, de esa manera, motivar el consumo de inmunidad industrial; y desde entonces y hasta la actualidad, la C.C.I. valora mucho y otorga distinción y premios internacionales a todos aquellos científicos que descubren alguna supuesta amenaza o ente microscópico que aterrorice a la población, es decir, que meta el miedo en la vida cotidiana de los ciudadanos. De hecho, durante los últimos años del siglo XIX y principios del XX, la mayoría de los premios Nobeles de medicina fueron otorgados a médicos que “aislaron” e

“identificaron” a los primeros gérmenes o microbios y, además, les acusaron de manera inmediata de producir enfermedades; era importante premiar a todos los científicos que propagaran el miedo a los microbios y, por eso, la prensa se encargó de dar a conocer a unos personajes que ahora todos conocemos y les tenemos como ilustres científicos y médicos, como: Louis Pasteur, Robert Koch, Neisser, Hebert… que fueron los primeros cazadores de microbios y que fueron distinguidos por la docencia oficial y fueron premiados y laureados como grandes benefactores de la humanidad.

Una vez instalada la mentira del terror al nuevo microbio recién descubierto y premiado al médico o al industrial que había creado la alarma, el sistema médico-industrial premiaba y animaba a todo investigador que hallase un producto que fuera posible fabricarlo por toneladas y presentarlo, con el poder de persuasión de una buena campaña publicitaria, como el producto que proporcionaba la deseada y oportuna inmunidad a todo aquel que lo consumiera… Si este ardid funcionaba, se convertiría en el mayor negocio de la historia… y funcionó. La mentira que aterroriza y que mata, con la ayuda de la prensa y la docencia médica, se instaló en el corazón de la sociedad moderna, y con la influencia de la docencia médica se introdujo como un dogma en la medicina y ésta se llenó de ideas, conceptos y palabras que iban a intoxicar y matar a miles de ciudadanos durante las siguientes décadas; pero esas palabras que matan iban a crear una floreciente industria y un gran negocio que ya sabe el lector que son dos grandes e importantes “cabezas” de la bestia.

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