CAPÍTULO 13.
E
L EXPERIMENTO COMO ELEMENTO INDISPENSABLE EN LA MEDICINA INDUSTRIALLa medicina moderna desprecia el conocimiento ancestral o tradicional y lo ha desterrado completamente de la enseñanza de los jóvenes aprendices; los médicos modernos hace siglos que no hacen el juramento de Hipócrates y, por tanto, no se comprometen a esa premisa de “primum non nocere”, y esa moderna mentalidad liberada de éticas “anticuadas”[56] les permite hacer pruebas de todo tipo sin importar lo desconocidas, imprevisibles y catastróficas que puedan ser las consecuencias; por eso, por ese desparpajo ético y ese
“pasotismo” verbenero propio y exclusivo de la única medicina moderna, el experimento humano es la estrella en la medicina actual; en efecto, el experimento es un elemento imprescindible, puesto que la propia cultura industrial se basa en nuevos descubrimientos y nuevos métodos, en nuevas teorías revolucionarias y en medicaciones de última hora, y lo que no es capaz de solucionar ahora asegura que lo solucionará en el futuro con nuevos métodos y ensayos y en nuevas y atrevidas medicaciones experimentales. Y precisamente este carácter experimental propio y exclusivo de la medicina moderna es otra de las notas características que la diferencia de toda ciencia médica o medicina que se haya conocido y practicado en el mundo en la larga historia de la medicina de Oriente o de Occidente. Y como vamos a mostrar en este ensayo, ese carácter experimental, del que tanto presume la medicina moderna, es lo que la invalida para ser precisamente eso: auténtica medicina, puesto que el experimento, por su propia naturaleza y por su propia dinámica, es incierto y aleatorio y, por tanto, tiene un grado indeterminado de riesgo y de peligro desconocido y, en consecuencia, no se pueden saber los verdaderos resultados hasta que todo se ha consumado y, siendo así, si los resultados no son los deseados o programados, una vez obtenidos, ya resultan inevitables para el paciente sobre el que se haya aplicado el tratamiento experimental, puesto que los humanos sólo tenemos un solo organismo para toda una sola vida; es algo elemental. A pesar de esta dinámica incierta, arriesgada y totalmente desprovista de compasión hacia el paciente cobaya, la civilización industrial y su única medicina moderna ama la novedad y no solo la ama sino que, por su propia naturaleza industrial y comercial, se sustenta y necesita del experimento y de los nuevos hallazgos de la ciencia, hallazgos que se extraen, necesariamente, de los resultados experimentales observados en los propios pacientes a los que se
les asigna sin compasión alguna el arriesgado papel de cobayas.
Los médicos e industriales que iniciaron la teoría de la infección y lograron ponerla en práctica estaban impacientes por iniciar el negocio, tenían a la prensa de su parte y contaban con el apoyo del dinero de la industria y, desde luego, carecían de escrúpulos de cualquier tipo y mucha prisa en hacerse ricos; como, además, se sentían nuevos hombres ilustrados liberados de la moralidad
“caduca” de sus predecesores tradicionales, a los modernos médicos industriales no les importó desconocer todo sobre los efectos de las medicaciones con las que iban a experimentar, sin temor, sobre la población, y empezaron a inyectar a los primeros cobayas humanos las primeras vacunas y los primeros productos industriales. No importaba lo que les pasara a los cobayas; es más, no se podía saber hasta que se realizara el nuevo experimento; se sabría después, aunque entonces ya sería tarde… para los cobayas.
Cuando los primeros médicos modernos e ilustrados se alejaban de la naturaleza y empezaban a asumir que las creencias religiosas, los juramentos y la moral de sus antepasados eran deficiencias mentales o unas tontas zarandajas que el científico ilustrado, civilizado, moderno y con visión positivista de la realidad debería superar y descartar, fue cuando, en realidad, se inició la medicina moderna y, con ella, se introdujo la práctica del experimento humano por primera vez en la historia de la medicina occidental. En esa época, no solamente los médicos sino que al mismo tiempo casi toda la “intelectualidad”
europea estaban mayoritariamente convencidos del poder demiúrgico del hombre sobre la naturaleza y, además, la cultura y consciente colectivo se habían vuelto ateos, materialistas, utilitaristas, capitalistas, comunistas… y como consecuencia de todas estas neofilosofías, propias y exclusivas de la civilización europea supremacista, el poder económico tomó definitivamente el rango
“divino” que conserva hasta el día de hoy, puesto que, desde entonces, el dinero es la única “divinidad” y “autoridad” reconocida e indiscutible que manda en la civilización de civilizaciones. Todos estos cambios en la escala de valores ocurrían en una Europa donde se podían escuchar voces de filósofos y científicos revolucionarios que gritaban por primera vez: “Dios ha muerto”… “El cristianismo es una doctrina de esclavos”, gritaba Nietzsche… “No necesito a Dios para entender y explicar el mundo”, afirmaba el positivista Comte… “La religión (y su moral) es el opio del pueblo”, predicaba Karl Marx…
Hasta ese tiempo de grandes hitos, la medicina tradicional y también la ciencia había sido practicada en Europa por médicos y científicos creyentes en
su mayoría, incluso por clérigos, y aunque durante los siglos inmediatamente anteriores al XIX habían existido algunos científicos y médicos con ideas ateas, desde luego, fueron la excepción; pero todo eso cambió en ese siglo con los nuevos filósofos ilustrados que hemos nombrado y otros muchos y, en efecto, Dios murió para la “intelectualidad” europea de los siglos XVIII y XIX y con ÉL murió toda moral tradicional y toda ética médica, y cuando la
“intelectualidad” europea “enterró” a Dios ocurrió lo que advertía el escritor ruso Dostoievski: “si Dios ha muerto, todo está permitido”, y ocurrió también que “a dios muerto, dios puesto”… y desde entonces, en la Europa civilizada e industrial, el dinero ocupó el puesto que siempre le había correspondido a Dios.
Efectivamente, reflexionemos, si no hay Dios… ¿quién puede juzgar los actos de los hombres?… Si no hay una moral emanada de las leyes de Dios y de la naturaleza, si ya no sirve de nada jurar, si no hay moralidad que pueda castigar la mentira y el fraude, si el dinero hace que todos sin excepción te respeten y admiren, si lo único real es vivir la vida como mejor puedas y nada más, si no hay justicia en el más allá y lo único que cuenta es cómo sobrevives aquí… ¿qué más da cuál sea tu conducta?… Si cada cual tiene su ética personal igual a la de cualquiera, ¿quién puede decir dónde está el bien y el mal?… Si Dios ha muerto… ¿quién puede juzgar la conducta de los hombres?… ¡Nadie!… Por tanto, puedes hacer lo que quieras siempre que te lo puedas permitir.
Para Nietzsche y la mayoría de filósofos como Adam Smith, Robespierre, Comte, Hegel, Marx… y para todos los modernos científicos, médicos e industriales… la muerte de Dios representaba una verdadera “liberación” y, desde entonces, ya no había ni podía haber pecado, ni culpa… ni Juez; después de enterrar a Dios, la respuesta moral a la conducta del hombre estaba… en el poder personal de cada cual o en el poder colectivo de las masas, y ese poder, personal o colectivo, era otorgado por la posesión del dinero y/o del control y posesión de los medios de producción; el que poseía el dinero y/o el poder político… se convertía en un superhombre que era capaz de imponer y hacer realidad su voluntad por encima de los demás; ese superhombre sólo obedecía a su voluntad sin límites y disfrutaba del privilegio de no estar sometido a la moral de todos, la moral tradicional, sino que disfrutaba de un tipo “especial” de moral
“descubierta” por Nietzsche y a la que denominó “la moral de los señores”;
quien podía permitirse optar a esa moral tenía el derecho de imponer su voluntad y sus intereses sobre los demás con impunidad total, sin ningún límite y sin tener que responder ante nada ni ante nadie. Los demás, los que por no tener dinero o
poder político y económico no llegaban a ser superhombres, debían someterse a la voluntad de los primeros porque estaban obligados a seguir “la moral de los esclavos”; éstos podían ser utilizados y sacrificados en favor de la economía del
“señor”, de su ciencia y del progreso de la “civilización”, puesto que ésta era propiedad exclusiva de los señores. Eso permitía a los grandes industriales la utilización inhumana y cruel de grandes masas de obreros, sometidos a la moral de los esclavos, y que, por ello, podían ser explotados, ellos y sus hijos, de manera inmisericorde hasta la extenuación; podían ser sacrificados realizando tareas inhumanas en las nuevas fábricas y minas para proporcionar riqueza a sus indolentes y caprichosos dueños, que tenían la suerte de ser superhombres y, por tanto, propietarios de la vida de sus esclavos; además de servir de carnaza para la incipiente civilización industrial y para satisfacer la indolencia sin límites de sus señores, los esclavos fueron inmolados con impunidad en las nuevas y terribles guerras industriales, donde millones de europeos, con “moral de esclavos”, sirvieron de carne de cañón para defender los intereses de los gobiernos de sus señores y para que el “progreso” siguiera su marcha triunfal.
Con este ambiente ilustrado y amoral al que se le llamó la civilización europea y civilización de civilizaciones, no fue difícil que los médicos y científicos, sintiéndose del grupo de los señores, aceptaran la experimentación humana como un hito histórico que marcaba la diferencia entre el moderno
“progreso” propio de la civilización ilustrada y la “barbarie” medieval propia de los antiguos médicos y científicos que abominaban de esa práctica moderna y seguían la moral natural y cristiana tradicional y el respeto a la integridad humana y a la naturaleza. Éstos, los tradicionales, fueron despreciados por estrechos morales, por maniáticos de la deontología médica, por pseudocientíficos y contrarios al progreso de la ciencia y de la civilización porque su fe en una bondad y justicia divina y el juramento que le habían hecho a Dios les impedía practicar el experimento humano y poner en peligro la vida de sus pacientes.
La bestia y sus filosofías convencieron a los “civilizados” europeos de su supremacía histórica y étnica y de la supremacía del dinero sobre Dios y de lo irrelevantes y fantasiosas que eran las antiguas creencias en un paraíso y un infierno en el más allá; las neofilosofías afirmaban que lo verdaderamente real e interesante estaba en esta vida concreta y única y lo de antes era pura superstición propia de mentes medievales y obsoletas; las modernas ideas materialistas, positivistas y ateas que empezaban a dominar el nuevo mundo
“civilizado” ensalzaron, llevaron a la gloria y enriquecieron a los superhombres que no tenían problemas éticos que les pudiesen impedir hacer experimentos humanos y no tenían escrúpulos ante los resultados, necesariamente inciertos, que se pudieran producir en la persona de los esclavos, puesto que éstos estaban predestinados a ser sacrificados como carnaza en nombre del progreso humano, puesto que estaban sometidos a la “moral de los esclavos” según explicaba y convencía el filósofo ilustrado Nietzsche. Con este ambientillo de refinada civilización europea, el experimento humano se introdujo como otro hito importante y capital para el avance de la civilización industrial y, con el tiempo, se ha convertido en una práctica habitual y necesaria para le medicina moderna;
y, como ya hemos dicho, esa es otra nota característica que demuestra que la medicina moderna es algo distinto de lo que siempre se ha conocido por medicina.